La democracia descentralizada es la idea de que los ciudadanos decidan directamente, o presten su voto por temas a quien quieran, a través de un sistema digital en el que ningún intermediario controla el recuento. En su versión tokenizada, cada ciudadano tendría una ficha digital personal e intransferible con la que votar: un derecho, no un activo que se pueda comprar.
Esa es la definición de manual. Ahora te propongo un viaje: desde el ágora de Atenas hasta un martes cualquiera de 2040, para hacernos una pregunta incómoda.
Piensa en la última junta de tu comunidad de vecinos.
Seguro que te suena la escena: un martes a las ocho de la tarde, en el portal o en el garaje, quince sillas de plástico y cuatro vecinos sentados, porque el resto tenía cosas mejores que hacer. Allí estaba Encarna, la del primero A, que lleva veintidós años de presidenta porque nadie más quiere el cargo, y allí estaba el señor Ramírez, el administrador de fincas, con el orden del día ya redactado y medio decidido antes de que nadie abriera la boca. El que no estaba era Paco, el del tercero B, que nunca baja a las juntas pero se pasa el mes entero quejándose en el ascensor de todo lo que se aprobó.
Pues en esa junta cutre de garaje hay más democracia directa que en todo el Congreso de los Diputados.
Allí puedes proponer un punto, votarlo a mano alzada, decir en voz alta que la derrama del ascensor es un atraco y, si convences a los demás, ganar. Y fíjate en un detalle que casi nadie conoce: la Ley de Propiedad Horizontal, en su artículo 13, permite que el presidente de la comunidad se elija por votación, por turno rotatorio o por sorteo.
Por sorteo. Como en Atenas hace dos mil quinientos años.
Este ensayo nace de dos cosas que vi casi a la vez. La primera, un vídeo sobre las ideas de Antonio García-Trevijano, jurista que defendió durante décadas que el sistema español no es una democracia en sentido estricto, porque el ciudadano no elige personas ni proyectos, sino que ratifica listas cocinadas por otros y después no tiene herramienta alguna para influir en lo que se decide. La segunda, un documental sobre la democracia ateniense que me dejó con la boca abierta y con una certeza: aquello funcionaba en una ciudad, pero en un Estado de decenas de millones de personas es impracticable.
De ahí salió una frase que me estuvo rondando varios días: en España, y en buena parte de Europa, cada cuatro años elegimos a la persona que va a mandar sobre nosotros sin volver a pedirnos permiso durante los cuatro siguientes.
Y de esa frase salió la pregunta que vertebra todo lo que vas a leer:
Si en el siglo XXI tenemos herramientas para que millones de personas se coordinen sin intermediarios, ¿se podría tokenizar la democracia? Y si se pudiera, ¿qué le pasaría a nuestra filosofía, a nuestra sociedad, a nuestra política y a nuestra economía?
No vengo a darte la respuesta, vengo a hacer el viaje contigo, del pasado a un futuro teórico, y a dejarte con más preguntas de las que traías. Y una advertencia: esto no va de colores. Todo aplica igual a quien gobierna hoy que a quien gobierne mañana, así que cada uno puede llevárselo a su terreno.
El ágora: cuando la junta de vecinos era el Estado
Atenas, año 508 antes de Cristo. Un aristócrata llamado Clístenes reorganiza la ciudad y pone en marcha un sistema que, con interrupciones, durará casi dos siglos: los ciudadanos se reúnen en la colina de la Pnyx para votar leyes, guerras e impuestos, sin representantes, levantando la mano.
Pero lo más revolucionario de Atenas no era la votación, era el sorteo.
La mayoría de los cargos públicos se repartían al azar con una máquina de piedra llamada kleroterion, una losa llena de ranuras donde cada ciudadano metía su ficha de identidad, y un mecanismo de bolas blancas y negras decidía a quién le tocaba servir ese año. El Consejo de los Quinientos, el órgano que preparaba los asuntos que luego votaba la asamblea, se formaba así. Para un ateniense, elegir a alguien votando era algo aristocrático, porque gana el que tiene más dinero, más fama o más labia, mientras que sortear era lo verdaderamente democrático, porque le podía tocar a cualquiera.
Encarna, presidenta por sorteo. Piénsalo un segundo.
Los atenienses tenían incluso un mecanismo de defensa contra los que acumulaban demasiado poder: el ostracismo. Una vez al año, la asamblea podía escribir un nombre en un trozo de cerámica, el ostrakon, y si se reunían los votos suficientes, el más votado se iba desterrado diez años. Plutarco cuenta que, en una de esas votaciones, un campesino que no sabía escribir le pidió a un desconocido que pusiera en su trozo de cerámica el nombre de Arístides. El desconocido era el propio Arístides, que le preguntó qué le había hecho ese hombre. Nada, contestó el campesino, es que estoy harto de oír que todo el mundo le llama el Justo. Arístides escribió su nombre y le devolvió la cerámica.
Guárdate esta anécdota, porque volverá.
Ahora viene la parte que los documentales suelen pasar de puntillas. Aquella democracia era un club privado. Las mujeres, los esclavos y los extranjeros residentes, los llamados metecos, no votaban. Según las estimaciones habituales de los historiadores, hablamos de unos 30.000 ciudadanos varones adultos con derecho a voto en una ciudad de entre 250.000 y 300.000 habitantes, y en la colina de la Pnyx cabían unos pocos miles. (Hoy, en Europa, también tenemos nuestros metecos: millones de residentes que trabajan, cotizan y pagan impuestos, y no votan en las elecciones generales del país en el que viven.)
Para que te hagas una idea de la escala: en las elecciones generales del 23 de julio de 2023 estaban llamados a votar unos 37,4 millones de españoles. Más de mil Atenas juntas.
Y aquí nos damos de bruces con el primer muro.
La democracia directa funciona cuando cabes en una plaza.
Tu junta de vecinos funciona porque sois veinte. Intenta convocar una junta con todos los vecinos de Sevilla en el garaje de tu edificio y dime cuánto tarda el señor Ramírez en dimitir.
La urna: por qué inventamos a los intermediarios
Durante siglos, la respuesta a ese muro fue la representación, y conviene entender que no fue un accidente ni una trampa, sino una decisión muy pensada.
Ponte en el siglo XVIII. Una carta de Cádiz a Madrid tardaba días, la mayoría de la población no sabía leer y no existía forma humana de preguntar a millones de personas su opinión sobre una ley. Así que se inventó el intermediario: tú eliges a alguien, ese alguien viaja a la capital, escucha, delibera y decide por ti.
Los que diseñaron el sistema lo tenían clarísimo. James Madison, uno de los padres de la Constitución estadounidense, defendía en 1787, en el número 10 de El Federalista, que los representantes servían precisamente para filtrar y templar las pasiones del momento, como un colador entre el cabreo de la calle y la ley. Trece años antes, Edmund Burke les había dicho a sus votantes de Bristol algo parecido: un diputado os debe su criterio, no su obediencia.
Ojo, porque el argumento tiene más fuerza de la que parece. La gente normal no tiene tiempo de leerse cada ley, y una masa enfadada puede equivocarse con la misma alegría que un rey. Atenas, la de las asambleas, condenó a muerte a Sócrates por votación popular.
(El espejo europeo de hoy es la propia Unión Europea, que lleva esa lógica al extremo: decisiones que afectan a unos 450 millones de personas, tomadas en organismos que casi nadie sabría nombrar.)
Pero hay un detalle que lo cambia todo.
El intermediario se justificaba por la distancia y el tiempo. Hoy la carta de Cádiz llega a Madrid en menos de un segundo, y casi todos llevamos en el bolsillo un aparato capaz de leer una ley y votarla con la huella, con tu cara o con tu certificado digital. El motivo original del diseño ha desaparecido.
El diseño, en cambio, sigue exactamente igual.
La papeleta precocinada
Volvamos a España.
Cuando votas al Congreso no eliges a una persona, eliges una lista cerrada y bloqueada: no puedes tachar nombres ni cambiar el orden. Si el número cuatro de la lista de tu provincia te parece un inútil, te lo comes con patatas, porque ese orden lo ha decidido la dirección del partido mucho antes de que tú metieras el sobre en la urna.
¿A quién le conviene que funcione así?
A quien decide el orden de la lista. Si tu sillón depende del que hace la lista y no del que vota, ya sabes a quién vas a obedecer cuando toque votar en el pleno.
Y una vez dentro, el diputado está blindado. El artículo 67.2 de la Constitución dice que los miembros de las Cortes no están ligados por mandato imperativo, que en cristiano significa que nada de lo que prometió en campaña le obliga legalmente a nada. En la práctica, la disciplina de voto de su grupo lo ata muchísimo más que tú.
¿Y el ciudadano tiene alguna puerta para meter la mano entre elección y elección?
Tiene una rendija. Se llama iniciativa legislativa popular, o ILP: si reúnes 500.000 firmas acreditadas, puedes llevar una proposición de ley al Congreso. Pero no sobre cualquier tema, porque el artículo 87.3 de la Constitución deja fuera las leyes orgánicas, los impuestos, los asuntos internacionales y los indultos, es decir, buena parte de lo que de verdad le importa a la gente. Y el resultado práctico es de risa: entre 1986 y junio de 2023 se presentaron 143 iniciativas legislativas populares, solo 19 llegaron a las Cortes, y de ellas dos acabaron incorporadas a leyes en vigor y otras dos se aprobaron con enmiendas.
Cuatro de 143.
Aquí es donde Trevijano ponía el dedo en la llaga, pero no fue el único. En 1976, un político conservador británico, Lord Hailsham, acuñó una expresión para describir el poder de un gobierno con mayoría en su propio Parlamento: "dictadura electiva". Es decir, que la idea con la que arranqué este ensayo tiene medio siglo y salió de dentro del propio sistema.
Cada cuatro años no eliges un gobierno: eliges a tu próximo dictador temporal.
Vuelve a pensar en tu comunidad de vecinos. Imagina que un martes votáis a Encarna y al señor Ramírez como paquete cerrado, y a partir de ahí, durante cuatro años, ellos deciden derramas, obras y el color de la fachada sin volver a convocaros. Paco se quejaría en el ascensor, igual que tú te quejas en la barra del bar, y con el mismo resultado.
Ahora, seamos honestos, porque es muy fácil hacerse trampas al solitario con este tema. El Senado español ya usa listas abiertas: puedes marcar a candidatos concretos, incluso de partidos distintos. ¿Y qué pasa? Que la inmensa mayoría de la gente marca a los tres del mismo partido, uno detrás de otro. Y Lord Hailsham hablaba de Westminster, donde votas a una persona con nombre y apellidos, no a una lista. Cambiar la papeleta no arregla el problema de fondo, que es no tener ninguna palanca entre elección y elección.
Hace falta otra cosa. Y aquí es donde entra la tecnología.
¿Se puede tokenizar la democracia?
Antes de seguir, dos conceptos, porque sin ellos esto no se entiende.
Imagina que el libro de actas de tu comunidad, en lugar de estar en un cajón del señor Ramírez, estuviera copiado en el buzón de cada vecino, y que cada acta nueva tuviera que coincidir en todas las copias. Nadie podría arrancar una página ni cambiar un resultado a escondidas, porque las demás copias lo delatarían. Eso, simplificando mucho, es una cadena de bloques, lo que se conoce como blockchain, la misma tecnología que hay detrás de bitcoin. Y un token es una ficha digital apuntada en ese libro que representa algo: dinero, una propiedad... o un voto.
Hasta aquí todo suena precioso. Ahora viene la trampa.
En el mundo cripto, un token casi siempre es un activo que se compra y se vende, y ya existen organizaciones que se gobiernan votando con ellos, las llamadas DAO, donde el que tiene más tokens manda más. Te cuento cómo acabó una.
El 17 de abril de 2022, alguien pidió un préstamo flash (un préstamo que se pide y se devuelve dentro de la misma operación, en cuestión de segundos), con ese dinero compró la mayoría de los votos del protocolo Beanstalk y aprobó una propuesta que le transfería los fondos de la organización. El protocolo perdió unos 182 millones de dólares. Sin hackear nada. Siguiendo las reglas al pie de la letra.
¿A quién le conviene que el voto se pueda comprar?
Al que tiene más dinero. Siempre, sin excepción.
Un voto no puede ser un activo.
Y para verlo no hace falta irse a internet, basta con tu edificio. En las comunidades de vecinos ya se vota en parte según la cuota de propiedad de cada piso. Imagina que un fondo de inversión compra doce de los veinte pisos de tu bloque: a partir de ese día, Encarna, Paco y tú podéis votar lo que os dé la gana, que la junta la gana el fondo.
Así que, si hablamos de tokenizar la democracia, solo tiene sentido una versión: un ciudadano, un token, intransferible, inembargable, imposible de comprar o vender. En el propio mundo cripto existe una idea parecida, los tokens que llaman soulbound, ligados al alma, que no se pueden traspasar. Algo más parecido a un DNI que a una moneda.
A partir de aquí, cuando leas "token", piensa en eso: un derecho, no un activo.
El diseño: cerrojos y límites
Vamos a construir el sistema, no desde lo técnico, que se puede, sino desde lo que tendría que garantizar para no convertirse en un monstruo.
Los cerrojos: que nadie pueda reventarlo
Una persona, un token. El sistema tiene que saber que eres tú y que solo tienes una ficha, algo parecido a lo que ya hace el DNI electrónico.
Voto secreto, pero comprobable. Aquí está la parte que parece magia. Es como demostrarle al portero de una discoteca que eres mayor de edad sin enseñarle tu DNI con tu nombre y tu dirección. Existen técnicas matemáticas, las pruebas de conocimiento cero, que permiten algo así: comprobar que tu voto se contó bien sin que nadie, ni siquiera el sistema, sepa qué votaste.
Resistencia a la coacción. El voto a distancia tiene un peligro clásico: tu jefe, tu pareja o tu cuñado pueden obligarte a votar delante de ellos. La solución es sencilla: puedes cambiar tu voto tantas veces como quieras hasta el cierre, y solo cuenta el último. Esto no es ciencia ficción. Estonia permite votar por internet desde 2005, y en las elecciones parlamentarias de 2023, por primera vez en la historia, más de la mitad de los votos se emitieron online, el 51 %. Allí, si votas por internet y luego vas al colegio electoral con tu papeleta, el voto en papel anula el digital.
Código abierto y papel de respaldo. El programa tiene que poder revisarlo cualquiera, debe funcionar repartido entre muchos custodios independientes y siempre tiene que existir una vía analógica, por si un día se cae todo o alguien no sabe o no quiere usar un móvil.
Hoy tu voto pasa por cinco manos. En la versión tokenizada, por ninguna... o por la de quien controle el código.
Los límites: que la mayoría no pueda con todo
Este es el punto más importante de todo el ensayo, así que léelo despacio.
Una democracia que puede votarlo todo puede votar acabar con la democracia.
¿Te acuerdas de Arístides? Un campesino que ni le conocía votó desterrarle porque estaba harto de oír hablar bien de él. Una mayoría sin límites no necesita razones, le basta con estar cansada. Por eso un diseño serio necesitaría:
- Un núcleo que no se vota. Los derechos fundamentales no pueden depender de lo que opine la mayoría un martes por la tarde, porque mañana una mayoría puede decidir quitarle el voto a una minoría.
- Mayorías reforzadas y periodos de enfriamiento. Los cambios gordos necesitan más que la mitad más uno, y un plazo de espera entre que se proponen y se votan, para que nadie legisle con el calentón del telediario de las nueve.
- Saber qué se vota y qué no. Los ciudadanos pueden decidir si se construye un puente y cuánto se gasta en él, pero no calcular cuánto peso aguanta. Los objetivos se votan, la ingeniería no.
- Un tope a la delegación. Ahora verás por qué.
¿Y los políticos? Del jefe al gestor
Una pregunta que me hice desde el principio: ¿desaparecerían los políticos?
No. Cambiarían de trabajo.
Redactores. Alguien tiene que convertir una idea en un texto legal que no se contradiga con otras cien leyes. Ese trabajo seguiría existiendo, pero sería técnico, no de mando. El señor Ramírez seguiría preparando las propuestas, pero ya no decidiría cuáles se votan.
Delegados revocables. Nadie tiene tiempo de votar quinientas leyes al año, así que el sistema permitiría prestar tu voto. Esto se llama democracia líquida: le prestas tu voto en sanidad a una médica de tu confianza, en vivienda a un arquitecto que conoces y en economía te lo quedas tú. Y el día que alguno te falle, se lo quitas en ese mismo instante, sin esperar cuatro años. Aquí entra el tope del que te hablaba: si un influencer con cinco millones de seguidores acumula cinco millones de votos prestados, hemos vuelto a fabricar un dictador, solo que con mejor iluminación.
Tu voto deja de ser un cheque en blanco de cuatro años para convertirse en un préstamo revocable.
Y no creas que la gente votaría todo el rato. En Suiza, donde se vota varias veces al año, la participación media en las consultas de los últimos cinco años, a marzo de 2024, rondaba el 49,7 %, pero alrededor del 90 % de los ciudadanos había participado en alguna votación dentro de un periodo de cuatro años. Es lo que los politólogos llaman participación selectiva: la gente vota lo que le importa y deja el resto. La delegación solo formalizaría algo que los suizos ya hacen de forma natural.
Jurados por sorteo. El viejo kleroterion ateniense, versión siglo XXI. Irlanda lo usó en serio: en 2016 creó una asamblea de 99 ciudadanos elegidos al azar, presidida por una jueza, que estudió durante meses temas como el aborto, escuchó a expertos de todas las posturas y elevó sus recomendaciones al Parlamento. Aquello desembocó en el referéndum de mayo de 2018.
Pero hay una consecuencia filosófica que me parece la más incómoda de todas.
Hoy, cuando algo sale mal, la culpa es de los políticos. En una democracia tokenizada, la culpa también sería tuya, porque votaste, porque delegaste en quien no debías o porque no te molestaste. Paco ya no podría quejarse en el ascensor: la junta estaría en su bolsillo.
¿Estamos preparados para dejar de tener a quién echarle la culpa?
La cuenta: lo que ahorramos y lo que pagamos
En Economía para Lerdos todo acaba pasando por el bolsillo, así que vamos a ello.
Las elecciones generales del 23 de julio de 2023 tuvieron un presupuesto de unos 220,87 millones de euros, y casi la mitad, el 45,9 %, se fue en gastos postales: envío de propaganda electoral y gestión del voto por correo. Si lo divides entre los 37,4 millones de electores, sale a unos 5,9 euros por cabeza cada vez que el Estado te pregunta algo.
Con un sistema digital bien construido, el coste de preguntar una cosa más se acercaría a cero, y eso cambia las reglas: hoy preguntar al país es tan caro que se hace cada cuatro años, y así se podría hacer cada semana.
Ojo, que no todo es ahorro: construir y proteger un sistema así costaría muchísimo, y habría que mantener una vía analógica para quien no puede o no quiere usarlo, empezando por mucha gente mayor. El ahorro en sellos no es la eficiencia de verdad.
La eficiencia de verdad estaría en otros tres sitios:
- Trazabilidad. Con los presupuestos en un registro público, podrías seguir cada euro desde que se aprueba hasta que se gasta.
- Menos intermediarios que comprar. Hoy un lobby necesita convencer a unas pocas decenas de personas clave. Con el poder repartido entre millones, el soborno al por mayor se vuelve carísimo.
- Menos bloqueo. Los mercados detestan la incertidumbre, y pocas cosas generan más que una legislatura atascada o unos presupuestos prorrogados año tras año porque nadie suma los votos (lo contamos en elecciones y mercados). Que un sistema así redujera el riesgo político que paga un país en su financiación es una hipótesis, no un dato, pero es una hipótesis que merece pensarse.
Y ahora, el jarro de agua fría.
En 1978, los californianos aprobaron en votación directa la Proposición 13, que limitó el impuesto sobre la propiedad y obligó a reunir mayorías de dos tercios en el parlamento estatal para subir impuestos. Se cita desde hace décadas como ejemplo de lo que pasa cuando la gente vota directamente sobre su bolsillo: queremos más servicios y menos impuestos a la vez, y alguien acaba pagando la diferencia.
Ese alguien suele ser el que todavía no vota. En un sistema montado sobre la deuda, si cada generación puede votarse más gasto sin pagarlo, la factura se la deja a sus hijos.
Pero Suiza demuestra lo contrario. En 2001 los suizos aprobaron en referéndum, con un 84,7 % de votos a favor, un freno constitucional a la deuda que obliga al Estado a equilibrar sus cuentas a lo largo del ciclo económico. Y en 2012 rechazaron por amplia mayoría una propuesta para tener seis semanas de vacaciones pagadas. Un pueblo votándose menos vacaciones y menos deuda.
La tecnología no hace mejor a un pueblo: amplifica lo que ya es.
Funciona como un megáfono: si lo coges con algo sensato que decir, te oye toda la plaza, y si lo coges para gritar tonterías, también.
El lado oscuro
Hasta aquí, la parte bonita del viaje. Ahora toca bajar al sótano.
¿Habría corrupción?
Sí. Rotundamente sí. Simplemente cambiaría de sitio.
- Comprar votantes. Si alguien puede demostrar a un tercero qué ha votado, aparece un mercado negro de votos. Por eso el voto secreto y la posibilidad de cambiarlo no son un detalle, son la columna vertebral.
- Comprar delegados. Es más barato comprar a un delegado con cien mil votos prestados que a cien mil personas.
- Controlar la pregunta. Este es el más peligroso y el más invisible. Quien redacta lo que se vota tiene media votación ganada. Si alguna vez has visto al señor Ramírez preparar el orden del día de la junta, sabes de lo que hablo: según cómo lo escriba, el ascensor nuevo sale aprobado o sale por los aires.
- Comprar la atención. El poder pasa a quien domine lo que la gente ve: algoritmos, campañas, ejércitos de bots. El lobby que antes compraba diputados compraría titulares.
- Capturar el código. El corrupto del futuro no compra un ministerio, compra al programador que actualiza el software.
¿Libertad o Estado tecnototalitario?
Aquí está la tensión de fondo de todo el ensayo.
Una máquina capaz de contar tu voto con perfección también es capaz de vigilarte con perfección. Si la privacidad no se diseña desde el primer día y de forma innegociable, lo que habremos construido es la herramienta de control más eficiente de la historia de la humanidad, con una pegatina en la puerta que pone "democracia".
Vuelve al portal. Es como cambiar todas las cerraduras del edificio por electrónicas: comodísimo, ya no pierdes llaves. Pero alguien tiene la llave maestra. Y quien tiene la llave maestra sabe a qué hora entras, con quién y cuántas veces.
(El espejo europeo de hoy: la Unión Europea está desplegando una cartera de identidad digital para todos sus ciudadanos. Puede ser la base de una democracia mucho más participativa o el primer ladrillo de algo que no nos guste nada, y la diferencia la marcará cómo se diseñe, no la tecnología en sí.)
¿Quién vigila al vigilante?
El poeta romano Juvenal ya se lo preguntaba hace casi dos mil años: quis custodiet ipsos custodes? Y en 1999, el jurista Lawrence Lessig lo actualizó para la era digital con una frase que deberías tatuarte: el código es la ley. Quien escribe el software decide qué se puede hacer, igual que antes quien escribía el BOE.
En una democracia tokenizada, todo el poder acaba concentrado en dos puntos: quién controla el registro de identidades, es decir, quién decide quién es ciudadano, y quién puede cambiar el código.
Se me ocurren algunos cerrojos:
- Que cualquier cambio en el código necesite una mayoría reforzada y entre en vigor meses después de aprobarse, para que dé tiempo a revisarlo y a pararlo.
- Que auditen jurados de ciudadanos sorteados cada año, con expertos independientes a su servicio y no al revés.
- Que la custodia esté repartida entre instituciones que no se fíen unas de otras: universidades, tribunales, organizaciones civiles.
- Que el papel no desaparezca nunca.
Pero te voy a ser sincero: ninguno de estos cerrojos es perfecto. Al final, el último vigilante es una ciudadanía a la que le importe. Y eso no lo instala ningún programador.
Un martes cualquiera de 2040
Déjame hacer un ejercicio de imaginación.
Es martes, son las ocho de la tarde, y el garaje del edificio está vacío. No hace falta bajar: la junta está en el móvil de cada vecino.
Encarna ya no es presidenta. Hace tres años le tocó, por sorteo, formar parte de un jurado ciudadano de su provincia, y pasó seis meses estudiando el plan de agua de su región, escuchando a ingenieros, agricultores y ecologistas. Dice que ahora entiende por qué las cosas tardan tanto.
El señor Ramírez trabaja como redactor técnico de propuestas. Sigue escribiendo órdenes del día, pero ahora cada texto que prepara pasa por una revisión pública antes de votarse, y si alguien detecta una pregunta tramposa, la propuesta vuelve al cajón.
Y Paco, el del tercero B, por fin vota. Bueno, más o menos: tenía delegado su voto en vivienda en un arquitecto bastante conocido, hasta que la semana pasada se enteró de que ese arquitecto apoyaba un cambio en la normativa que beneficiaba a una constructora en la que tiene acciones. Paco le retiró el voto desde el sofá en dos segundos.
Esta noche se vota una reforma de las pensiones. Lleva dos meses en periodo de enfriamiento, porque se presentó a las tres de la madrugada de un domingo y recogió un millón de apoyos en cuatro horas, demasiados y demasiado rápido. Los auditores encontraron miles de cuentas falsas. El cerrojo funcionó.
Esta vez.
Porque en algún sitio, alguien está buscando la forma de que la próxima vez no funcione. Y la única pregunta que importa es si habrá suficientes Encarnas, suficientes Pacos y suficientes tú dispuestos a vigilar.
Un ensayo abierto
Hemos recorrido dos mil quinientos años: de una colina de Atenas con unos miles de manos levantadas a la urna que inventamos porque las cartas tardaban días, de ahí a una papeleta precocinada que te da voz un domingo y te la quita cuatro años, y por último a un futuro en el que el voto vive en el bolsillo.
No sé si la democracia tokenizada es el futuro. Sé que la tecnología ya permite construirla, y que eso convierte la pregunta en otra mucho más interesante: no si se puede, sino si queremos, y bajo qué condiciones.
Así que te dejo con las preguntas que yo no he sido capaz de cerrar:
- ¿En quién delegarías tu voto hoy mismo, y se lo quitarías si te fallara?
- ¿Qué cosas crees que nunca deberían someterse a votación, ni aunque lo pida el 99 %?
- ¿Quién te gustaría que tuviera la llave maestra del portal?
- Y la más incómoda: si mañana pudieras decidirlo todo, ¿lo harías mejor que los que hoy te gobiernan?
La herramienta no trae la libertad por sí sola. Lo único que hace es cambiar quién tiene la llave.
Y esa pregunta, la de quién tiene la llave, es la misma que ya se hacían en Atenas.
P.D.: Encarna sigue esperando a que alguien se presente a presidente.
Preguntas frecuentes
¿Qué es la democracia líquida?
Es un sistema en el que cada ciudadano puede votar directamente cada decisión o prestar su voto, tema por tema, a otra persona de su confianza, y retirárselo en cualquier momento. Por ejemplo, delegar sanidad en una médica y vivienda en un arquitecto, y quedarte economía. Para que no fabrique nuevos caciques, necesita un tope a los votos que puede acumular un mismo delegado.
¿Qué significa tokenizar la democracia?
Dar a cada ciudadano una ficha digital (un token) apuntada en un registro que nadie puede alterar a escondidas, con la que votar o delegar. Solo tiene sentido si ese token es personal, intransferible e imposible de comprar o vender: un derecho, como el DNI, no un activo como una moneda.
¿Por qué un voto no puede ser un token que se compre y se venda?
Porque entonces manda quien tiene más dinero. En abril de 2022, alguien pidió un préstamo flash, compró la mayoría de los votos del protocolo Beanstalk, aprobó una propuesta que le transfería los fondos y el protocolo perdió unos 182 millones de dólares, sin hackear nada y siguiendo sus propias reglas.
¿Es seguro votar por internet?
Estonia lo permite desde 2005 y en las elecciones parlamentarias de 2023 el 51 % de los votos se emitió online. Para evitar la coacción, se puede votar varias veces y solo cuenta el último voto, y el voto en papel anula el digital. La seguridad no depende solo de la tecnología: depende de quién controla el registro de identidades y el código.
¿Cuántas iniciativas legislativas populares se han aprobado en España?
Entre 1986 y junio de 2023 se presentaron 143 iniciativas legislativas populares, solo 19 llegaron a las Cortes y 4 salieron adelante: dos incorporadas a leyes en vigor y dos aprobadas con enmiendas. Hacen falta 500.000 firmas, y la Constitución deja fuera las leyes orgánicas, los impuestos, los asuntos internacionales y los indultos.
¿Cuánto cuestan unas elecciones generales en España?
Las del 23 de julio de 2023 tuvieron un presupuesto de unos 220,87 millones de euros, alrededor de 5,9 euros por elector. Casi la mitad, el 45,9 %, se fue en gastos postales: propaganda electoral y voto por correo.
Fuentes y notas
- Iniciativas legislativas populares, 1986 a junio de 2023: Maldita.es, El saldo de las iniciativas legislativas populares en 37 años, 11/04/2024.
- Presupuesto de las elecciones generales del 23J (220,87 millones de euros, 45,9 % en gastos postales): datos de Presidencia del Gobierno recogidos por RTVC.
- Electores llamados a votar el 23J (37,4 millones): Alicante Plaza con datos del Ministerio del Interior.
- Voto por internet en Estonia (desde 2005; 51 % de los votos en 2023; el voto en papel anula el digital): e-Estonia.
- Participación en las votaciones federales suizas (49,7 % de media en cinco años a marzo de 2024; alrededor del 90 % participa al menos una vez en cuatro años, dato de 2016): Wikipedia, Voting in Switzerland.
- Constitución Española, artículos 67.2 y 87.3. Ley de Propiedad Horizontal, artículo 13.
- Ciudadanos atenienses con derecho a voto: estimación habitual en la historiografía; las cifras de población de la Atenas clásica son aproximadas y varían según el autor.
- Ataque a la gobernanza de Beanstalk (17/04/2022, pérdidas de unos 182 millones de dólares para el protocolo): ampliamente documentado por la prensa especializada en cripto.
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