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Activos duros · Coleccionables

Arte, relojes y coleccionismo: activos con alma y con trampa

Bienes reales, escasos de verdad y que se disfrutan mientras los tienes. También comisiones de dos dígitos por los dos lados, cero liquidez y unos índices que solo cuentan lo que se revende.

Por Raimond ·

El arte, los relojes y los coches clásicos son activos duros: existen físicamente, son escasos de verdad y no dependen de que nadie cumpla una promesa. Su particularidad es que se disfrutan mientras los tienes. Su trampa son los costes de entrada y de salida, que se comen buena parte de la revalorización.

Vale, esa es la respuesta corta. Ahora la escena, que aquí la escena importa.

Una sala de subastas. Alguien levanta la mano por última vez, cae el martillo y suena la cifra: veinte mil euros. Aplausos, foto, y al día siguiente un titular contando que el mercado del arte está en máximos.

Lo que no sale en la foto es lo que ocurre después, en el despacho de al lado, cuando alguien hace las cuentas. Porque ese martillo de veinte mil euros no significa que el comprador pague veinte mil, ni que el vendedor cobre veinte mil. Ni de lejos.

Lo que sí tienen, y no es poco

Empecemos por la parte buena, que es real y bastante más sólida de lo que admite el escéptico de guardia.

Son bienes reales. Ocupan sitio, pesan, se pueden tocar. No son el apunte contable de una entidad ni la promesa de pago de nadie: son la cosa.

Son escasos de verdad. Aquí la escasez no es un argumento de marketing. Si el autor murió, el catálogo está cerrado. No hay ampliación de capital posible, no hay una segunda edición, no hay forma de fabricar más. Es la escasez más literal de toda la familia de los activos duros, incluido el oro, que al menos se sigue minando.

No van atados a la bolsa. El precio de un reloj de los años sesenta no reacciona a la reunión de un banco central. Reacciona a la moda, a las exposiciones, a que un coleccionista decida completar una serie. Es una fuente de movimiento distinta a la de tu cartera.

Y pagan un dividendo que no cotiza. Este es el argumento honesto y el que casi nunca se dice en voz alta: el cuadro te gusta. Lo miras al desayunar. El reloj lo llevas puesto. El coche lo sacas los domingos. Un ETF global no te da los buenos días desde la pared del salón, por muy bien que se comporte.

Ese dividendo emocional existe y es legítimo. El problema empieza cuando lo confundes con el otro, el que se cobra en euros.

Las capas de coste que no salen en la foto

Volvamos al martillo de veinte mil.

Sobre esa cifra, la casa cobra una comisión al comprador, que en los tramos bajos ronda un cuarto del precio y baja conforme sube el importe. El comprador no paga veinte mil: paga veinticinco mil.

Y al vendedor le cobra otra comisión, negociable, con su IVA encima. Más el catálogo, las fotos, el transporte y el seguro del envío. Más el peritaje, si la pieza lo pedía. Más el seguro y la conservación de todos los años que la tuviste colgada, que según el material no es un detalle sino una factura anual.

Todo junto queda así:

De lo que paga el comprador a lo que llega a tu cuenta Una pieza vendida en subasta, con cifras redondeadas de ejemplo El comprador paga 25.000 € 15.000 € llegan a tu cuenta precio de martillo: 20.000 € Lo que de verdad te llega: 15.000 € Comisión del vendedor más IVA: 2.900 € Peritaje, catálogo, fotos y transporte: 900 € Seguro y conservación, diez años: 1.200 € Comisión del comprador sobre el martillo: 5.000 € Entre el bolsillo del comprador y tu cuenta se quedan 10.000 €. El 40% de la operación. Ejemplo ilustrativo. Las comisiones varían mucho según la casa, la pieza y el importe, y se negocian.

Dale la vuelta y verás por qué esto importa tanto. Si compras esa pieza por veinticinco mil euros y algún día quieres recuperar tu dinero, el siguiente comprador tiene que poner unos 41.700. Un 67% más. Y eso solo para quedar en tablas, sin haber ganado un céntimo.

Con un ETF global, el peaje de ida y vuelta se mide en decimales. Aquí se mide en años de revalorización.

El precio existe el día que aparece el comprador

Tu ETF tiene precio a las 10:03 de un martes cualquiera, y otro distinto a las 10:04. Un cuadro no tiene precio: tiene tasaciones, que es otra cosa. Una opinión con membrete.

El precio real de una pieza única existe el día que dos personas se pelean por ella en la misma sala. El resto del tiempo es una cifra que nadie ha puesto a prueba.

Y ese día no lo eliges tú. Lo eligen el calendario de las subastas, el ciclo del gusto y la casualidad. Si tienes prisa siempre hay salida, claro: un intermediario que te compra hoy. El descuento por esas prisas lo pagas tú.

Por qué las estadísticas del sector siempre salen bonitas

Y aquí está la idea fina que casi nadie pilla.

Un índice de bolsa incluye a todas las empresas del índice, suban o bajen. Si una se hunde, el índice lo registra. Un índice de arte no puede hacer eso, porque no hay una pantalla con el precio de cada obra del mundo. Se construye con las piezas que se revenden, comparando lo que costaron y lo que valen ahora.

Y una pieza solo llega a la reventa si alguien cree que va a sacar algo por ella.

El índice del sector solo puede contar lo que vuelve a subasta Cada cuadrado es una pieza comprada por alguien Vuelven al mercado Son las únicas que un índice del sector puede medir, porque son las únicas con dos precios. No vuelven nunca Se heredan, se regalan, se quedan en un trastero o no encuentran comprador a ningún precio. No fallan en la estadística: no salen. Un índice construido así mide a los ganadores, no al comprador medio. Esquema conceptual para explicar el sesgo de supervivencia. Las proporciones del dibujo son ilustrativas, no una estadística: nadie puede medir lo que nunca se pone a la venta.

Las piezas que no quiere nadie no se subastan. No aparecen como pérdida: desaparecen del cómputo. Cuelgan cuarenta años del mismo pasillo, se heredan, acaban en un trastero. Y ninguna estadística las recoge, así que ninguna estadística te está contando lo que le pasó al comprador medio. Te está contando lo que le pasó al que acertó.

Cuando veas una rentabilidad histórica del arte, pregúntate siempre lo mismo: quién está dentro de ese número, y sobre todo quién no.

La falsificación y el papel que la frena

En este mercado el papel vale tanto como la pieza.

La procedencia es la cadena documentada de propietarios desde el taller hasta hoy: facturas, catálogos, exposiciones, informes de expertos reconocidos, certificados de la fundación del autor cuando existe. Una obra estupenda con la cadena rota vale una fracción. Una obra correcta con la cadena impecable se vende sola. Y si hay un agujero de treinta años en medio, ese agujero es el precio.

Rige aquí la misma regla que en los metales, donde una prima sospechosamente baja también es un aviso y no un chollo: en las piezas físicas, lo barato de más siempre está diciendo algo. El vendedor con prisa, sin papeles y con una historia estupenda sobre por qué no los tiene lleva existiendo desde que existe el mercado.

Las plataformas que te venden un trozo

Desde hace unos años puedes comprar una participación de una obra o de un reloj a través de una plataforma. Suena a democratizar el asunto. Mira la letra pequeña.

Encima pierdes la mitad del argumento con el que entraste, porque nadie cuelga en el salón el 0,4% de un cuadro.

¿Y a ti en qué te afecta?

En que la pregunta con la que has llegado hasta aquí probablemente estaba mal planteada. No es "¿cuánto se revaloriza el arte?". Es "¿qué estoy comprando exactamente, y qué parte del precio es disfrute y qué parte es inversión?".

El criterio de la casa cabe en una línea: cómpralo porque te gusta, y que la revalorización sea la propina. Si la pieza te da igual y solo miras el precio, estás en el peor de los dos mundos: has pagado un peaje de coleccionista para obtener un retorno de inversor.

Y en la cartera, esto vive en los ingredientes opcionales, jamás en la base. Compite por el mismo hueco que los emergentes, las mineras o cualquier otro capricho con tope, y se decide con el mismo criterio con el que se decide todo lo demás: mirando qué añade que no tengas ya, que es de lo que va diversificar con activos duros.

El momento honesto

Comprar arte pensando solo en el retorno es la peor manera de comprar arte, y también una de las peores maneras de invertir.

Lo primero, porque acabas comprando lo que se cotiza en vez de lo que te gusta, y cuando la moda cambie te quedas con una pieza que ni te gusta ni vale. Lo segundo, porque cargas con un 40% de fricción, una liquidez que depende del humor ajeno y unas estadísticas que solo miran a los supervivientes.

Nosotros no sabemos qué autor estará de moda dentro de veinte años, y desconfía del que te diga que sí mientras te enseña el catálogo.

Esto es divulgación educativa, no asesoramiento financiero ni una recomendación sobre ninguna pieza concreta.

Un cuadro que te gusta se paga solo cada mañana. Uno comprado para revender solo se paga el día que aparece otro que piense igual que tú.

Preguntas frecuentes

¿Es el arte una buena inversión?

Como inversión pura es cara y opaca: entre comisiones de compra, de venta, seguro y conservación se va con facilidad el 40% de la operación, y no hay precio hasta que aparece un comprador. Como bien que disfrutas mientras lo tienes, la cuenta cambia por completo. Compra por lo segundo y trata lo primero como una propina.

¿Cuánto se lleva una casa de subastas?

Cobra por los dos lados. Al comprador le añade una comisión sobre el precio de martillo que en los tramos bajos suele rondar un cuarto y baja según sube el importe; al vendedor le descuenta otra comisión negociable más el IVA correspondiente, y aparte los gastos de catálogo, fotografía, transporte y seguro del envío.

¿Merece la pena la inversión fraccionada en arte?

Baja el importe de entrada, y ahí acaban las ventajas claras. Sigues sin poder vender cuando quieras, no decides el momento de la venta, las comisiones se apilan en tres tramos y no posees la pieza, sino una participación en la sociedad que la posee. Y el disfrute, que era medio argumento, desaparece entero.

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