No hay deudas buenas ni malas por naturaleza. Hay deudas que compran algo capaz de conservar valor o de generar ingresos, y deudas que compran algo que se consume. La diferencia práctica la marcan tres cosas: el interés que pagas, cuánto dura lo comprado y si podrías seguir pagando sin ingresos.
Vale, esa es la definición de manual. Ahora te lo contamos de verdad.
El prestamista de verdad eres tú, dentro de unos años
Cuando pides un préstamo, el dinero no te lo da el banco.
Te lo da tu yo de dentro de unos años. El banco solo hace de mensajero, y cobra por el recado.
Ese señor del futuro (tú, con algunas canas más) recibe la factura entera y no puede protestar. Lo único que puedes hacer por él es dejarle algo a cambio. Si le dejas una casa donde vive, una formación que le ha subido el sueldo o una herramienta con la que se gana la vida, el trato es discutible pero razonable. Si le dejas el recuerdo de una semana en la playa y once cuotas por pagar, el trato es de los malos: él paga y el que disfrutó fuiste tú.
Ahí está toda la diferencia entre lo que llaman deuda buena y deuda mala. No es una cuestión moral. Es contabilidad.
Las tres preguntas que sí funcionan
Olvídate de las etiquetas y hazle estas tres preguntas a cualquier crédito antes de firmarlo. Las tres, no la que más te convenga.
1. ¿El interés es alto?
El coste manda por encima de todo lo demás. Un préstamo al 2% y otro al 22% no son el mismo producto aunque los dos se llamen préstamo, igual que no es lo mismo un resfriado que una neumonía aunque las dos cosas empiecen con tos. Y ojo con el detalle fino: el interés compuesto, que es tu mejor aliado cuando inviertes, es exactamente el mismo mecanismo trabajando en tu contra cuando debes.
Mira la TAE, no el TIN ni la cuota. La TAE incluye comisiones y el efecto de capitalizar, y es lo único que permite comparar dos ofertas.
2. ¿Lo que compras dura más que la deuda?
Regla sencilla y demoledora: si terminas de pagar algo que ya no existe, esa deuda era mala. Financiar a cinco años unas vacaciones de una semana suspende sin discusión. Un coche a ocho años suspende también, porque al octavo año el coche vale una fracción de lo que te costó y tú sigues pagando el precio de estreno.
3. ¿Podrías seguir pagándola seis meses sin ingresos?
Esta es la que nadie hace y la que de verdad decide. La misma hipoteca, con el mismo interés, es sensata con un colchón detrás y es una bomba de relojería sin él. La deuda no te hunde por su tamaño: te hunde por coincidir con un mal momento.
Cuatro deudas típicas pasadas por el filtro
Fíjate en que ninguna fila es verde entera. Ni siquiera la hipoteca, que es la deuda mejor considerada del catálogo.
Por qué la hipoteca suele caer del lado sensato
Por tres motivos concretos, ninguno de ellos místico.
El primero es el precio: el tipo hipotecario es, con diferencia, el más bajo del crédito minorista, porque el banco tiene la casa como garantía y por tanto asume mucho menos riesgo que prestándote para un sofá.
El segundo es la duración: una vivienda dura más que la hipoteca. Cuando pagas la última cuota, el bien sigue ahí y sigue siendo útil. Eso ya la coloca en otra liga que un viaje o un televisor.
El tercero es que sustituye a un gasto que ibas a tener igualmente. Vivir bajo techo cuesta dinero con hipoteca y sin ella.
Dicho lo cual, la hipoteca no es buena por definición. Si la cuota te come una parte enorme del ingreso, la misma hipoteca al mismo tipo se convierte en una deuda mala, porque suspende la tercera pregunta. Antes de firmar conviene calcular cuánta hipoteca puedes pagar de verdad, que casi nunca es la que el banco te aprueba.
La etiqueta "deuda buena" como excusa
Aquí viene el momento incómodo, porque este concepto tiene un efecto secundario feo.
En cuanto alguien aprende que existe la deuda buena, empieza a usarla como permiso. El coche pasa a ser "una inversión en movilidad". La reforma se convierte en "revalorización del inmueble". Y el préstamo del máster, en "invertir en mí mismo", una frase preciosa que no dice ni un euro sobre el interés ni sobre el plazo.
La prueba del algodón es sencilla: si estás buscando argumentos para justificar la deuda, ya tienes la respuesta. Las deudas razonables no necesitan discurso, necesitan una calculadora.
Y hay un peligro mayor: la etiqueta invita a apilar. Como esta deuda es de las buenas, cabe otra. Y otra. El problema es que las cuotas se suman en el mismo sitio (tu cuenta corriente, todos los meses) y no les importa lo más mínimo de qué categoría filosófica venga cada una.
El aviso sobre pedir prestado para invertir
Esta merece párrafo propio porque es la versión sofisticada del error.
El razonamiento suena impecable: si el crédito me cuesta un 4% y la bolsa da de media más, la diferencia es mía. Sobre el papel, perfecto. En la práctica hay una asimetría que se lo come.
La deuda es cierta. La rentabilidad, no. El interés se paga sí o sí, el mercado tenga el año que tenga, y las caídas del 30% o 40% existen y llegan sin avisar.
Peor todavía: cuando pides prestado, dejas de controlar el calendario. Una caída temporal solo es temporal si puedes esperar. Si tienes cuotas que pagar o garantías que reponer, te ves obligado a vender abajo, y ahí una pérdida pasajera se convierte en definitiva. Es la diferencia entre un susto y una cicatriz.
Nosotros no te decimos qué hacer con tu dinero, esto es divulgación y no asesoramiento. Pero sí te decimos que apalancarse es una decisión de otro nivel de riesgo, no un truco para ir más rápido.
¿Y a ti en qué te afecta?
En que la próxima vez que te ofrezcan financiación en el mostrador (y te la van a ofrecer, porque financiar es donde está el margen) tendrás tres preguntas en el bolsillo en lugar de una sensación.
Y en que puedes ordenar lo que ya debes. Coge tus deudas, ponlas en una lista con su TAE al lado y verás en treinta segundos cuál es la que te está comiendo: casi siempre es la más pequeña en importe y la más cara en porcentaje, del tipo tarjeta revolving. Esa es la primera que hay que atacar, y hay método para hacerlo sin volverse loco.
Con la hipoteca la pregunta cambia de forma, porque el tipo es bajo y entra en juego el coste de oportunidad: ahí toca decidir si conviene amortizar o invertir, y la respuesta depende de tu tipo de interés y de tu estómago.
El momento honesto: a veces no hay elección
Todo lo anterior sirve cuando puedes elegir.
A veces no puedes. Se rompe la lavadora, hay que pagar un tratamiento, se acaba un contrato. Si no hay colchón, la deuda cara no es una decisión: es la única puerta abierta un martes por la mañana. Y eso no dice nada sobre tu carácter ni sobre tu inteligencia financiera. Dice que la vida pasa factura sin consultar el calendario.
Cuando toque esa situación, el objetivo no es evitar la deuda mala. Es hacerla lo más corta y lo más barata posible, y reconstruir el colchón después para que la próxima vez sí haya elección. Eso es todo. Sin sermones.
Ninguna deuda es buena. Como mucho, hay deudas que se justifican, y esas aguantan las tres preguntas sin necesidad de que tú les hagas de abogado.
Preguntas frecuentes
¿La hipoteca es siempre deuda buena?
No siempre. Es la que mejor puntúa por tipo de interés y por duración del bien, pero suspende en cuanto la cuota pesa demasiado sobre tus ingresos o no tienes colchón para varios meses. La misma hipoteca, al mismo tipo, puede ser sensata para una economía y peligrosa para otra. Lo que decide es la cuota, no el producto.
¿Es mejor pagar deudas o invertir?
Compara el interés de la deuda con lo que esperas de la inversión, recordando que el interés es seguro y la rentabilidad es una expectativa. Con una TAE alta, cancelar gana casi siempre, porque el ahorro es inmediato y sin riesgo. Con tipos bajos, como los hipotecarios, la cuenta se acerca y entran en juego tu horizonte y tu tolerancia al susto.
¿Pedir un préstamo para estudiar es deuda buena?
Depende de si esa formación sube tus ingresos más de lo que cuesta el crédito, y eso no está garantizado por el hecho de estudiar. Antes de firmar, mira el importe total con intereses, el plazo y qué salario esperas de verdad al terminar. Si el plazo dura más que el efecto del título, la etiqueta buena se cae sola.
Deja la libreta: tu hogar, en un panel
El módulo Finanzas del Hogar de Argos pone tu presupuesto, tus gastos y tu tasa de ahorro en un panel que se entiende a la primera.
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